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La fotografía humanista
Dentro de nuestro estudio del documentalismo social, uno de los apartados más importantes es la fotografía humanista, vigente durante más de 70 años.
Por Óscar Colorado Nates

La Segunda Guerra Mundial produjo una terrible cicatriz en el mundo. Después del conflicto bélico se vivió en la fotografía de documentalismo social una etapa que revaloró la persona, su espíritu y dignidad. Se le conoció como Fotografía Humanista, una corriente al servicio de testimoniar la dignidad humana así como el rastro de la persona en las cosas y la naturaleza.[i]
En la Fotografía Humanista “el hombre constituye el centro de la imagen y de las preocupaciones de su creador, y se sobreentiende, quizás que se cree en el valor del hombre y sus cualidades.”[ii]

“Al colocar en el centro de todo a la figura humana, esta fotografía la considera en toda su unidad {y} oscila entre dos polos: por un lado la poesía de la vida cotidiana, por otro la constatación social más o menos orientada a fines de combate político.”[iii]
Aunque la Fotografía Humanista documentaba la vida ordinaria, realmente era un gran retrato de las esperanzas por volver a una realidad normal, por retornar a la existencia común. Los fotógrafos comenzaron a ver en el día a día una expresión de aliento y armonía.
La Fotografía Humanista es la rama poética del fotoperiodismo y se le conoce también como Realismo Poético. Se basa en la filosofía del cambio social. Cornell Capa también la denomina Concerned Photography y se le ha identificado además con la nomenclatura de Fotografía Social. Seguir leyendo La fotografía humanista
Galería: Fotografía Humanista
Presentamos referencias visuales adicionales para complementar las versiones electrónicas y en papel del libro «Fotografía de Documentalismo Social«.
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Henri Cartier-Bresson: Sobre el buen uso de la cámara
Por Henri Cartier-Bresson
Del artículo «Du bon usage d’un appareil». Revistas Point de Vue – Images du monde, No 235, 4 de diciembre de 1952
¿Escribir unas palabras sobre la cámara fotográfica?… Uno se siente inmediatamente como aquellos personajes que, en las páginas de publicidad, intentan demostrar con una copa en la mano que si se bebe determinado whisky se es un perfecto caballero; pero, en el fondo, siempre he temido que, en privado, beben cualquier cosa o incluso que tienen la templanza de un vegetariano.

En fin, aquí no se trata de esto, sino de explicar por qué, desde hace veintiún años, trabajo única y exclusivamente con el mismo tipo de cámara, el pequeño formato 24×36. Debo hablar de mi fidelidad a esta herramienta, y no puedo hacerlo de forma neutra, ya que se ha convertido en la prolongación de mi ojo, y no me abandona.

La cámara de pequeño formato 24 x 36 es más discreta y manejable que las demás. Sus 36 imágenes evitan tener que recargarla constantemente, como si se le acabara el aliento durante el transcurso de un acontecimiento interesante y algo largo.
Su gama de objetivos intercambiables permite captar un sujeto en su integridad, justo como nuestro ojo lo aísla de todo aquello que hay a su alrededor.

Otro aspecto importante es la visualización, que se hace a la altura del ojo de una forma tan directa como la visión, y esto es, sin duda alguna, más normal que buscar el sujeto al fondo del fuelle de una cámara sostenida contra la cintura: ¿desde cuando tenemos el ojo en el ombligo?

Centrémonos ahora en el monótono formato cuadrado. El formato rectangular ofrece un juego de proporciones entre la largura y la anchura que enriquece la composición.
A aquellos que afirman reencuadrar sus negativos bajo la ampliadora, podríamos responderles que la integridad de su visión en el momento en que han captado la escena es destruida, y apenas queda un compromiso de laboratorio.

Debo decir que, personalmente, sólo en contadísimas ocasiones he podido cortar una foto y mejorarla recuadrándola: si era mala, las relaciones geomértricas que existían en el interio del encuadre serán débiles, incluso si retiramos un poco de aquí y de allí. En fin, cuando estamos ante la realidad es necesario rigor entre el vistazo y la simplicidad.

Los aparatos de pequeño formato poseen objetivos infinitamente más luminosos que los de formato mayor, y permiten captar un sujeto en vivo y en directo en las condiciones de iluminación más adversas.

Con emulsiones de películas tan rápidas como las que existen hoy en día, y las que se desarrollarán, ya no es necesario entregarse, con contadas excepciones, a esta horrible masacre que es el empleo del «flash ». ¿Cómo un país que se jacta de su finura, buen gusto y dominio de la pintura puede cometer aún semejante acto de barbarie?

Fuente: Chéroux Clément, Henri Cartier-Bresson. El disparo fotográfico. Edit. Blume, Barcelona, 2012, Pág. 137 160 pp.

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